La palma chilena: un árbol antiguo del paisaje y la memoria de Chile central
La palma chilena: un árbol antiguo del paisaje y la memoria de Chile central

La palma chilena: un árbol antiguo del paisaje y la memoria de Chile central

La Llilla, una gigante en peligro.

Por: Ramón Casanova Maulén

La Palma chilena (Jubaea chilensis) o Llilla, es una de las especies vegetales más emblemáticas del paisaje de Chile central. Su presencia, alta y silenciosa, parece resumir una larga historia natural y cultural que se remonta a milenios antes de la llegada de los europeos. Este árbol majestuoso pertenece a la familia Arecaceae, la misma familia botánica de las palmeras tropicales, aunque en este caso se trata de una especie endémica de Chile, adaptada a las condiciones del clima mediterráneo del centro del país. Dentro de su clasificación botánica ocupa un lugar singular, pues el género Jubaea es monoespecífico, es decir, contiene una sola especie conocida: Jubaea chilensis

Desde el punto de vista dendrológico, la Palma chilena se distingue por su porte imponente y su crecimiento extremadamente lento. Puede alcanzar entre 20 y 30 metros de altura, con un tronco recto, columnar y de color gris claro que en ejemplares antiguos puede superar 1 o incluso 2 metros de diámetro, una dimensión excepcional entre las palmeras del mundo (se dice que es la palmera más grande y austral de todas). Sus hojas pinnadas, que forman una amplia corona en la parte superior del tronco, pueden medir hasta 3 o 5 metros de largo, creando la silueta característica que domina los antiguos palmares del valle central. 

El desarrollo de esta palma es particularmente lento y peculiar. Durante muchos años permanece en un estado juvenil en el que produce hojas a ras del suelo, sin formar todavía el tronco visible. Solo después de décadas comienza a elevar su estípite —el tronco típico de las palmeras— y alcanza la madurez reproductiva aproximadamente entre los 35 y 70 años, momento en que empieza a producir flores y frutos. Sus frutos, conocidos popularmente como coquitos, son pequeñas drupas redondeadas cuyo interior contiene una semilla comestible parecida a un diminuto coco. 

Biológicamente, Jubaea chilensis es una planta monoica, lo que significa que en un mismo individuo se desarrollan flores masculinas y femeninas. Las inflorescencias emergen entre las hojas y producen los frutos que históricamente han sido parte de la alimentación local (para los Pikunche, habitantes milenarios de éste territorio eran lo que las araucarias eran para los Pehuenche). Además de su valor alimentario, esta especie cumple funciones ecológicas importantes: ofrece refugio a diversas aves y animales, estabiliza suelos y forma parte de los ecosistemas del matorral y bosque esclerófilo mediterráneo del centro de Chile.

La distribución natural de la palma chilena se extiende en forma discontinua entre la región de Coquimbo y el norte de la región del Maule, especialmente en valles y quebradas de la Cordillera de la Costa, desde el nivel del mar hasta varios cientos de metros de altitud. En el pasado formaba extensos palmares entre las provincias del Elqui y Talca, aunque hoy estos paisajes se encuentran muy fragmentados debido a siglos de intervención humana. 

Mucho antes de la colonización europea, la palma chilena fue conocida y utilizada por los pueblos originarios de la zona central, especialmente por los Pikunche, rama septentrional del pueblo mapuche que habitaba los valles entre los ríos Aconcagua y Maule. Para estas comunidades, el árbol formaba parte del paisaje cotidiano y de su economía local. Los coquitos eran recolectados como alimento, y las hojas podían emplearse en construcciones simples, utensilios o fibras vegetales. En este sentido, la palma no era solamente una especie vegetal, sino también un componente del territorio cultural que compartían las comunidades humanas y los ecosistemas del valle central. Se llamaba Llilla (leída como Lila a veces)en la variante nortina de la lengua mapuche (Chillidüngun).

Con la llegada del periodo colonial, la relación con la palma cambió radicalmente. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX comenzó una explotación intensiva de la especie, principalmente para producir miel de palma, un jarabe dulce obtenido de la savia del tronco. El método tradicional implicaba talar la palma para extraer su jugo, lo que significaba la muerte del árbol. Dado que la especie crece lentamente y tarda décadas en reproducirse, esta práctica produjo una reducción drástica de sus poblaciones. A ello se sumaron la expansión agrícola, la urbanización y la tala de los bosques acompañantes del matorral esclerófilo. 

Las cifras ilustran la magnitud de esta pérdida. Se estima que actualmente existen alrededor de 120.000 individuos, lo que corresponde aproximadamente al 2,5 % de la población que existía a comienzos del siglo XIX. Esta disminución refleja siglos de explotación económica y transformación del paisaje en la zona central de Chile. 

Hoy la palma chilena se encuentra protegida por diversas normativas ambientales y es considerada una especie vulnerable. La tala está prohibida y la obtención de savia para la miel de palma se realiza mediante métodos de sangrado que no requieren derribar el árbol. A pesar de estos avances, la especie enfrenta todavía amenazas importantes, como la fragmentación de su hábitat, los incendios forestales, el pastoreo y la dificultad de regeneración natural en ambientes alterados. 

En la región del Maule, límite sur de su distribución natural, la palma chilena aparece de manera más dispersa y muchas veces asociada a pequeños relictos de vegetación nativa. Sectores de la Cordillera de la Costa —por ejemplo, en las cercanías de Hualañé y otros valles costeros— conservan algunos palmares que representan el extremo austral natural de la especie. Estas poblaciones son particularmente valiosas desde el punto de vista de la conservación, pues constituyen testigos vivos de un ecosistema que alguna vez cubrió grandes extensiones del paisaje maulino. Existe una teoría que señala que en los alrededores de Curicó debió existir un gran palmar, que debió de alimentar a los nativos de esta zona mucho antes de la llegada de los invasores europeos. Hoy solo encontramos algunos individuos repartidos en diversos sectores cercanos al río Teno en Los guindos por ejemplo y entre Tutuquén y la Isla de Marchant, siendo el primero de estos lugares el que alberga al ejemplar más grande en las cercanías de nuestra ciudad, visible desde kilómetros, con una altura aproximada de más de 28 metros. Esto, que parece un dato insignificante, es realmente decidor, pues implica la posibilidad de que este espécimen tenga más de 500 años de antigüedad, básicamente porque este tipo de arboles ralentiza su crecimiento a medida que va avanzando en edad, por lo que algunos sostienen que los ejemplares de más de 20 metros poseen una avanzada edad, llegando incluso a los mil años en algunos de 30 metros encontrados en la región de Valparaíso.

Así, la palma chilena puede entenderse como un árbol que conecta tiempos y culturas. Es, al mismo tiempo, un relicto de antiguos paisajes naturales, una fuente histórica de alimento y recursos para las comunidades humanas, y un símbolo de la biodiversidad del Chile mediterráneo. Cuidar de ella hoy no significa solamente proteger una especie vegetal, sino también preservar una parte profunda de la historia natural y cultural de la zona central del país.

Fuentes consultadas

  • Chilebosque. (2016). Ficha de descripción de Jubaea chilensis. http://www.chilebosque.cl 
  • González, M. et al. (2009). Ecology and Management of the Chilean Palm (Jubaea chilensis): History, Current Situation and Perspectives
  • Miranda, A. et al. (2016). Regeneración natural y patrones de distribución de Jubaea chilensis. Revista Gayana Botánica. 
  • Quintanilla, V. y otros. Estudios sobre vegetación mediterránea de Chile central. 
  • Jardinería On. Jubaea chilensis: características y curiosidades
  • Wikipedia. Jubaea chilensis